El racismo es real, ordinario, común, una lacra insoportable, y está en todo, cada día, y por enésima vez en el fútbol. Esta vez con Rafa Mir como detonante. Vive en la mirada inquisitiva al diferente, al otro, a ese ser vivo que comparte contigo el 100% de los genes humanos, pero que nació en otro lugar, que no acertó a ser parido justo donde tú, porque tú sí lo hiciste donde Dios manda.
El racismo brota de muchas raíces, de muchas semillas, y es imposible valorarlo en su inmensidad si no lo sufres de verdad, si no te ha mirado a los ojos, si no te han aplastado el alma con él. Por eso tiende a relativizarse en continentes como este, levantado sobre sangres de todo el planeta, le guste o no a los puristas de una raza invisible, esas personas execrables que, irónicamente, se creen superiores.
Muchos emplean el insulto racista porque saben que daña. No lo hacen valorando todo el mal histórico que subyace en él ni su honda gravedad. Tampoco dedican un segundo a sopesar el dolor inabarcable que genera, ni la rabia insoportable ni la frustración, solo buscan pinchar donde saben que duele, igual que hacían en el colegio con el bizco, con el de las orejas separadas, con el que no vestía de marca, con la niña de la ortodoncia, con la del corsé para aliviar la escoliosis, con la de las botas ortopédicas...
Hurgan con el cuchillo en una cicatriz que saben abierta para no fallar. Lo hacen desde muy pequeños. Por eso no se sienten racistas, solo tipos vivos, cancheros, porque el fútbol, te tienes que reír, es para listos. Pero eso no les exime. El efecto devastador de algunas interacciones está por encima de todo y da igual con qué intención lo haces ni de dónde te surge. No precisas que te peguen un tiro para saber qué pasa si te disparan.
Y como es imposible condenar sin prueba evidente, no crean que todo esto no sirve, que devolver al primer plano un mal tan transversal como el racismo dentro y fuera del deporte cae en saco roto. No es así. Valdrá para que cada vez sea más fácil detectar a los seres que no se merecen que les pase nada venerable. Hay más buenas personas que malas, muchas más, que no les aturda el ruido miserable del odio, no se tapen los oídos. Que el sentimiento de pertenencia que germina en el fútbol no sea una excusa para no pensar.