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Esto es crisis, 'papá'

El fútbol no se explica solo con pizarras tácticas, porcentajes de posesión o el brillo de las promesas en la sala de prensa de Valdebebas. A veces, el fútbol es algo mucho más primario, más colmilludo y, sobre todo, más de “perro viejo”. Lo que hemos visto hoy, ante más de 65.000 espectadores en el Santiago Bernabéu, no ha sido solo una derrota del Real Madrid: ha sido una clase magistral de que en el fútbol, a veces, todo cuenta. Porque, para desgracia de la parroquia blanca, David venció a Goliat. El equipo del extrarradio no hizo otra cosa que demostrar que sabe jugar al fútbol, si entendemos el fútbol en todas sus definiciones.

Mientras el Madrid de Arbeloa intentaba encontrar el tono, moviendo el balón con una parsimonia casi académica —esa que permitía a Vinicius y Güler lucirse en la frontal, pero estrellarse contra el muro de David Soria—, el Getafe le recordó que en este deporte se viene a competir, no a desfilar. El “bordalismo” aterrizó en Chamartín con su manual de supervivencia bajo el brazo: bloque bajo, intensidad en cada duelo y una fe inquebrantable en que cada balón dividido es una cuestión de vida o muerte. Y, en el minuto 39, Martin Satriano firmó el acta de defunción blanca con un latigazo a la escuadra que dejó mudo al coliseo.

Arbeloa, que goza del favor del palco y de una narrativa que lo sitúa como el ocupante idóneo del trono blanco, chocó de frente contra la realidad. Su Madrid fue un equipo tierno, previsible y, por momentos, superado por la agresividad —bien entendida— de un Getafe que no pidió permiso para asaltar el templo. Ni el carrusel de cambios —con la entrada de Huijsen, Rodrygo o Mastantuono— ni el asedio final a base de balones colgados sirvieron para mover un ápice el guion azulón. Y quizá ahí esté una de las claves que validan la victoria del Getafe: no firmó un partido nefasto, pero tampoco hizo lo suficiente como para incomodar a su rival, que se sintió cómodo repartiendo amarillas tácticas y cortando el ritmo hasta la desesperación.

Bordalás, desde la banda, ni siquiera necesitó gritar demasiado. Su equipo es su espejo: un bloque granítico que sabe que, en el fútbol moderno, el orden, la picardía y saber sufrir valen más que mil pases horizontales.

Al final, el marcador del Bernabéu dictó sentencia: la teoría es de Arbeloa, pero los puntos —y la realidad— son de Bordalás. Porque, aunque en Valdebebas se diseñen futuros brillantes, hoy en Chamartín se impuso el presente más crudo. Y eso, Álvaro, "esto es fútbol, papá".

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