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Pau Cubarsí, "uno de los mejores defensas del mundo" brilló en la noche del orgullo herido

El Barça rozó el milagro ante el Atlético en un Camp Nou entregado. Ganó 3-0, sí, pero no le alcanzó para levantar el desastre de la ida. Y aun así, en una noche que termina con eliminación, el equipo dejó una sensación poderosa: la de haberlo vaciado todo… y la de haber encontrado un nombre para sostenerse en el futuro inmediato. En la zaga, a cincuenta metros de su portería, Pau Cubarsí firmó una exhibición que explica por qué el Barça pudo vivir instalado en campo rival.

El partido fue un monólogo ofensivo. Lamine Yamal desatado, Marc Bernal con un doblete y el Atlético achicando agua como pudo. Lo fácil sería poner el foco arriba, pero la clave para sostener ese asedio estaba detrás. Porque para atacar así necesitas una cosa: valentía para defender lejos. Y ahí apareció Cubarsí, mandando con una autoridad impropia de su edad.

La lesión de Jules Koundé, pasada la primera decena de minutos, amenazó con romper el plan. Era el típico escenario que alimenta el vértigo: el Barça volcado, la línea en la divisoria y el Atlético esperando una transición para morder. Pero Cubarsí no parpadeó. Se hizo dueño de la defensa con naturalidad, ordenó, corrigió y defendió hacia adelante, como exige el manual azulgrana cuando el partido se juega al filo.

Anticipación, mando y sangre fría

Fue un incordio para los atacantes rojiblancos. Pegajoso, rápido para leer y aún más rápido para actuar. Sorloth, Julián Álvarez o Griezmann se encontraron con un central que iba siempre un segundo por delante. El Atlético quería correr y no pudo: chocaba una y otra vez contra un muro que adivinaba pases antes de que salieran.

Cubarsí robó, barrió y cortó avances en zonas altísimas, justo donde duele. Y lo hizo sin desordenarse, sin ir pasado, sin regalar faltas tontas. En campo abierto estuvo imperial: midió los tiempos al milímetro, eligió cuándo saltar y cuándo temporizar, y convirtió cada intento de contra en una jugada muerta.

Pero lo mejor es que su partido no fue solo de cierre. Cada intervención fue el inicio de otra oleada. Sacó el balón con calma, filtró pases con criterio y sostuvo el ritmo cuando el Barça necesitaba fluidez y continuidad. Ni en el tramo final, con la tensión disparada y el reloj apretando el sueño copero, cometió un error grosero. Fue un central con cabeza de veterano. Y Hansi Flick lo resumió después, sin medias tintas: “Increíble partido. Es un talento fantástico, uno de los mejores centrales del mundo”.

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